Quiero empezar diciendo que estar preocupado es algo común; la preocupación tiene varios ingredientes, el miedo es uno de ellos, principalmente el miedo a lo que pueda pasar.

En algunos casos la preocupación también trae consigo un cierto grado de nostalgia, alimentada por una expresión que deberíamos eliminar de nuestro vocabulario: “si hubiera….”

Sobre el miedo hablaremos luego, pero sí quiero dejar planteado algo, el miedo es un enemigo invisible que nos hace ver cosas que no existen, o que nos hace ver las cosas que existen de una forma diferente; podríamos decir que “el miedo es un enemigo escandaloso que nos dice mentiras”.

El problema no es la preocupación en sí misma, el problema es la forma en la que afrontamos las preocupaciones; es decir, el punto clave aquí es la actitud ante lo que nos preocupa.

Este tema de las preocupaciones y de cómo afrontarlas lo tratamos con total amplitud en el “Taller de los 7 hábitos de las personas altamente efectivas”

Lo primero es determinar qué es lo que nos preocupa y ubicar cada preocupación en su respectivo lugar.

Las preocupaciones pueden clasificarse en 3 grupos:

  1. Preocupaciones que tienen que ver con sí mismo: En esta categoría podemos considerar cosas que nos incomodan o preocupan de nuestra propia realidad, como lo referente a nuestro temperamento, nuestra situación laboral, nuestra situación sentimental, nuestra situación económica…
  2. Preocupaciones que involucran a otras personas: En esta categoría podemos ubicar situaciones que nos afectan y que tienen que ver directamente con otras personas; algunos ejemplos podrían ser: Conflictos con compañeros de trabajo / estudio, problemas de pareja, preocupación por el comportamiento de un hijo o una persona muy cercana...
  3. Preocupaciones por realidades que no podemos cambiar: Asuntos políticos, la economía global….

El primer grupo de preocupaciones es súmamente importante, pues nos confronta a nosotros mismos y nos hace pensar en la responsabilidad que tenemos ante nuestra vida.

La actitud de “confrontar” las situaciones es contradictoria a las actitudes de posponer y uhir que son muy comunes en las personas de hoy.

Una forma de determinar si lo que nos preocupa clasifica en este grupo es hacernos la siguiente pregunta:

¿Qué puedo hacer ante esta situación que me preocupa?

Es decir, tomamos como punto de partida la posibilidad de que nosotros podamos resolver o afrontar el problema e iniciar el cambio a partir de nuestras actitudes, habilidades y conocimientos.

Para enfrentar las preocupaciones de este grupo, vamos a requerir mucha fuerza interior, ser muy responsables, organizados y comprometidos con nuestros propios propósitos, y se requiere ganar muchas victorias privadas.

El segundo grupo es también importante, porque nos abre otras posibilidades, sobre todo la posibilidad de influir de forma positiva sobre las demás personas.

Dado que el primer grupo de preocupaciones nos enseña a “confrontar”, esto se volverá una actitud común en nuestra vida diaria, es decir, una persona que se acostumbra a confrontarse a sí mismo y a ser responsable de su propia vida, tratará siempre de buscar soluciones eficaces en vez de sobredimensionar los problemas.

¿Cómo puedo ayudarte?, ¿qué necesitas?

Estas preguntas representan un nuevo paradigma, uno en el cual se entiende que la responsabilidad es del otro, pero que al mismo tiempo nosotros mismos podemos ayudar a los demás a que afronten sus responsabilidades, sin involucrarnos de forma inadecuada o enfermiza; es decir, entendemos que “es tu responsabilidad, pero puedo ayudarte”.

No se trata de considerarse mejor o más sabio que otra persona, se trata de tender puentes para buscar soluciones; es establecer empatía antes de crear rivalidades.

Para este grupo se requiere de habilidades tales como escuchar y sinergizar; necesitaremos muchas victorias públicas que nos hagan personas confiables, no solo ante nosotros mismos sino también ante los demás.

El tercer grupo es mucho más simple, el principio es que si no puedo hacer nada para cambiar una situación, entonces no puedo hacer nada para cambiar la situación.

Suena demasiado lógico, incluso suena algo “estúpido”, pero es una verdad absoluta.

No obstante, estas preocupaciones también requieren de una respuesta de nuestra parte, y es aquí en donde necesitamos adquirir una de las habilidades más complejas, la “flexibilidad”.

La única forma de dar frente a estas situaciones es siendo flexibles, lo cual nos invita a adaptarnos.

La capacidad de adaptarnos a las situaciones no puede confundirse con una actitud de rendición o resignación, la adaptación es una parte del crecimiento personal en el cual aprendemos a depender menos de las circunstancias y más de nuestras respuestas.

Finalmente, también quiero dejar el planteamiento de que la preocupación en ciertos casos es una falta de enfoque, ya que el preocuparnos implica un esfuerzo mental considerable, y esto a su vez significa que si estamos preocupados podríamos estar enfocados en cosas no relacionadas con nuestros objetivos, metas y proyecciones.

Podemos hacer un gran cambio añadiendo a nuestra vida un nuevo hábito: Enfocarnos en las soluciones y no en los problemas.